No sé cómo ha podido suceder, pero me he enganchado a Velvet

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Es oficial me he convertido en mi madre. Estoy total y completamente enganchada a Galerías Velvet. Cualquiera pensaría que tras tantos años en la universidad analizando libros y películas una habría desarrollado cierto criterio cultural, la habilidad de separar el oro de la paja y todo eso, pero no, el sistema educativo no ha podido conmigo y en vez de engancharme a The Wire y su narrativa neovictoriana o algo así he terminado tragándome una telenovela de Antena 3. Para más inri, cuando intenté ver The Wire lo dejé en el segundo episodio alegando que para ver una serie de episodios de una hora prefería ver una película. Cada episodio de Velvet dura una hora y cuarto. Lo sé, lo sé… que venga la policía cultural y me arreste.

Galerías Velvet es, o más bien quiere ser, una especie de híbrido entre Mad Men y Downton Abbey. Se me ha escapado una risilla al escribir esto porque más bien parece un culebrón de los que se tragaba mi madre cuando yo era pequeña. De hecho, revisando el argumento de Cristal vemos que los puntos en común entre las dos series no son pocos, pero eso para otro día. Como Mad Men, Velvet echa la vista atrás unas décadas (Velvet empieza en 1958 y Mad Men en 1960), está ambientada en un lugar de trabajo relacionado con las tendencias de la época y muestra relaciones entre secretarias y jefes, pero aquí paramos de contar. Por otro lado, al igual que Downton Abbey y Arriba y Abajo, la serie juega con la dicotomía entre el mundo de arriba–el del glamour de las galerías, los jefes y sus insoportables y estiradas esposas–y el de abajo, el de las modistillas, los recaderos y los chapuzas. Todas las otras series reflejan los acontecimientos de su época, utilizándolos en ocasiones como hilo conductor de sus tramas. Tramas que, además, están pensadas para dar profundidad a sus personajes y hacerlos evolucionar, convirtiéndolos en seres psicológicamente complejos.

Miguel-Angel-Silvestre-Paula-Echevarria-protagonizan-Velve-Antena

Pues bien, nada de esto sucede en Velvet. Los personajes, sobre todo los protagonistas, son más bien planos y el trasfondo sociocultural de la época en la que se desarrolla la historia brilla tanto por su ausencia que, al ver Velvet, uno podría llegar a pensar que con Franco se vivía de putísima madre. Porque ya ves tú, con un trabajillo que ahora no daría ni para comprar yogures de hacendado antes daba para ir vestida a la última moda y para ir al bar casi todos los días a tomar unos San Franciscos. Todo eso sin problemas de dinero y sin pagar alquiler. A lo sumo te podía surgir algún problema gordo tipo aborto, muerte de un ser querido o similar, pero solamente si te llamabas Luisa, y como ese nombre ahora no se estila podemos concluir que en 1958 habríamos vivido como reinas y que ahora mismo en lugar de estar sentadas delante del ordenador con una toalla en la cabeza estaríamos de picos pardos sin una preocupación ni media más que nuestros males de amores, que eso sí que lo sufrían todas las que no se llamaban Luisa.

Además, como no tendríamos tele, pasaríamos el día escuchando una emisora de radio que solamente pondría canciones en inglés que nos resultarían sospechosamente familiares. Velvet utiliza música de librería en lugar de utilizar canciones de la época, lo cual resulta en una sensación de familiaridad y desconocimiento a la vez que me pone bastante nerviosa. Empiezan a sonar unas notas y pienso “¡anda! ¡Las Supremes!”, alegría que me dura los cinco segundos que pasan hasta que me doy cuenta de que no son las Supremes, sino una canción que se parece muchísimo a una suya. No tendría ningún problema con esto si no fuera porque en ocasiones esta música de librería cobra un protagonismo exagerado. Muchas escenas de amor y dramas victorianos son alargadas innecesariamente con la ayuda de estos falsos hits de los 50, tanto que más de una vez he tenido que apartar la vista de la pantalla de la vergüenza que me daba. Una cosa muy cutre, vaya, que digo yo que tampoco costará tanto hacerse con unas canciones de verdad con las que la audiencia pueda sentir una verdadera conexión. Lo mejor de esto es leer comentarios de gente desesperada porque ha googleado la letra de una canción de Velvet y no le salía en ninguna parte.

Lo cual nos lleva a la historia de amor de Alberto (Miguel Ángel Silvestre) y Ana (Paula Echevarría), una de las menos creíbles que he visto en mi vida. En realidad se trata del típico amorío de niño rico y chica pobre que es imposible debido a las expectaciones características de su clase social. Como esto no está lo suficientemente visto lo combinamos con el amor de la infancia que perdura toda la vida, porque todos somos tal como éramos a los 10 años. Una historia sensiblera llena de injusticias que hace que el espectador desee esa unión casi tanto como los personajes, o lo haría si no fuera porque no hay quien se la trague. Durante el último capítulo de la segunda temporada, emitido el lunes pasado, por fin tiene lugar el momento que la audiencia lleva esperando desde la mitad de la primera temporada; Alberto decide dejar de fingir ser un hombre felizmente casado y darlo todo por Ana sin importarle lo que piensen los demás. Un gesto muy digno si no fuera porque su declaración de amor es digna de un niño de once años recitando un poema delante de toda la clase. Vaya, que más que declararse al amor de su vida parece que esté quedando con alguien para darse de hostias después del colegio. Si a los problemas de dicción de Miguel Ángel Silvestre  añadimos que la Echevarría tiene dos registros–alegre y sonriente/triste con cara de pena–nos quedamos con una pareja protagonista que, aunque queda muy bien delante de la cámara, no da el pego.

Yo también me desmayaría si mi novio hablara así.

Yo también me desmayaría si mi novio hablara así.

Y para problemas de dicción los de Manuela Velasco, que hace el papel de Cristina, la mujercita de Alberto. Una pánfila niña rica que no se da cuenta de que su matrimonio es una farsa y no pone en duda que de un día para otro un tío pase de ignorarla completamente a pedirle matrimonio delante de todo el mundo. Quiero que Cristina me caiga bien porque el fin y al cabo es una víctima de su situación y está casada con un gilipollas, pero me resulta tan sumamente tonta que no puedo. Su manera condescendiente de dirigirse a todo el mundo, como si estuviera hablando con un grupo de niños de cuatro años con severos problemas de aprendizaje, hace que su personaje me resulte sumamente insoportable. No sé si esta chica se cree que hablar así hace que su actuación parezca más creíble o es que de verdad no sabe hablar de otra manera, pero es superior a mí. Además frunce tanto el ceño que parece la diosa interior de Anastasia la de las sombras.

Cristina, frunciendo el ceño durante toda la segunda temporada.

Cristina, frunciendo el ceño durante toda la segunda temporada.

En realidad los únicos personajes que se salvan de la serie son los secundarios. Cualquiera de ellos parece el mejor actor del mundo comparado con estos tres. Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que me haya enganchado a una serie en la que los protagonistas me caen gordos? Porque no es que haya visto algún capítulo de refilón, no. Tras ver medio capítulo un día mientras cenaba procedí a ver la serie desde el principio tan compulsivamente que en una semana y media pasé más de 24 horas viendo Velvet. En realidad hasta hace unas semanas ignoraba totalmente su existencia. Durante esa semana y media la serie dominó mis pensamientos, me despertaba pensando en ver un episodio al volver de trabajar, pasaba el camino al trabajo preguntándome si Alberto sería capaz de dejar a Cristina por Ana, me leí las páginas de wikipedia sobre los actores e incluso consulté un foro en el que se habla de la serie. Y lo peor es que realmente me gusta. Ahora los lunes son los días de Velvet y mi madre y yo nos llamamos durante los intermedios para comentar la jugada.

No me pasaba algo así desde el gran maratón de Gossip Girl del 2010. A veces cuando la vida te da un puñetazo en la cara y todo te parece una mierda lo único que puedes hacer es, como dirían los Weakerthans, ahogarte en las piscinas de otras vidas. Puede que gran parte de las cosas que te hacían feliz o te daban esperanza se hayan ido a la mierda en cuestión de días, pero al menos no tienes que confeccionar y probarte el vestido de novia de una tía insoportable que se va a casar con el amor de tu vida, no eres huérfana ni viuda, no has descubierto que tu difunto padre era un monstruo y sabes con toda seguridad que nadie se casará contigo por tu dinero porque no tienes un duro.

Esto a mí no me va a pasar.

Esto a mí no me va a pasar.

Pensar en los problemas y dramones de los personajes de esta serie hace que deje de obsesionarme con los míos. Pese a que desgraciadamente no los elimina, consigue minimizarlos al menos durante un rato, que ya es mucho en los tiempos que corren. Y aunque suene estúpido decirlo en público, engancharme a Velvet ha sido una de las mejores cosas que me ha pasado este año.

peace

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