Mi cuerpo es mío

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Estos días no puedo evitar pensar que el cuerpo femenino parece ser un bien de dominio público. Hoy en mi Timeline alguien mencionaba que dos mujeres de su entorno sufrieron intentos de violación durante los San Fermines, y a la vez una adolescente de 19 años ha denunciado haber sido víctima de una violación (no entro a comentar lo de violación “grave” o “leve” porque me hierve la sangre). Hace ya años que al pensar en estas fiestas a una le vienen imágenes a la mente de mujeres jóvenes enseñando las tetas y un mar de manos intentando tocárselas como si nunca hubieran visto pecho humano, y aunque es verdad que en bastantes fotos las chicas en cuestión están sonrientes y pasándolo bien, las imágenes que a mí no se me van de la cabeza son las de aquellas que, impotentes, intentan cubrirse mientras una panda de desconocidos intenta manosearlas y arrancarles la ropa interior.

Habrá quien diga “pues si no quieren que les pase eso que no vayan a esas fiestas”, siempre culpando a la víctima y no al abusador. Y aunque Pamplona es el último sitio donde me encontraréis a principios de julio, entre otras cosas porque la idea de una especie de despedida de soltero masiva aderezada con toros me repugna, la idea de que una mujer deba abstenerse de ir a ciertos sitios por lo que le pueda pasar es arcaica, denigrante y se empeña en ignorar la raíz del problema: que el cuerpo de la mujer no es un bien público del cual todo quisqui puede beneficiarse sin su consentimiento.

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Las mujeres, por norma general, estamos acostumbradas a que se hable de nuestros cuerpos sin que nosotras hayamos dado pie a dicha conversación. Desde el momento en el que nos empezamos a desarrollar tenemos que aguantar comentarios incómodos sobre si nos están saliendo tetas o no, o si ya usamos sujetador, lo cual me lleva a pensar que es una lástima que las tetas no crezcan hacia dentro o al menos en un sitio menos obvio, porque que yo sepa normalmente los chicos en edad de crecer no reciben comentarios no deseados sobre si su bolsa escrotal sigue un desarrollo óptimo o no.

Nadie se libra de estos comentarios. Pasamos en un momento del “hija, hay que ver que tetas tienes” al “estás plana como una tabla de planchar, ¿eh?”, del “a ver si nos quitamos unos kilitos” al “¡pero chica, cómete un bocadillo!”. Que levante la mano aquella que nunca ha recibido este tipo de comentario, a menudo hecho por personas totalmente ajenas a nosotras que se ven con derecho a invadir –si bien verbalmente– lo más privado que tenemos.

El mes pasado tuve la suerte de visitar Estambul. Mientras paseaba por el Gran Bazar intentando esquivar a vendedores pesados, uno de ellos me dijo: “Una pregunta, ¿son de verdad?”. A lo que yo, anonadada, contesté: “¿¿¿QUÉ???”. Y el tío, todo sereno él, me dijo “Tus tetas, que si son de verdad o de silicona”. Mi instinto fue responder con un “FUCK YOU!!!” que se debió oír en medio Estambul y largarme de ahí como alma que lleva el diablo. El incidente no me arruinó el día porque estaba en una de mis ciudades favoritas con una de mis personas favoritas y acababa de hablar en un congreso, pero se ha quedado conmigo y mi cabeza ha estado dándole vueltas.

Obviamente estos comentarios no son comparables a una violación, pero no puedo evitar que al leer sobre estas cosas me vengan a la mente. Si yo al recibir comentarios de este tipo siento que mi cuerpo ha sido atacado sin mi permiso, ¿cómo se sentirán aquellas mujeres cuyo cuerpo ha sido invadido de verdad? La idea de que cualquiera puede opinar y hablar sobre el cuerpo de una mujer sin que ella haya incitado a ello no está tan lejos de la idea de que cualquiera puede actuar sobre dicho cuerpo sin su consentimiento, lo cual me parece verdaderamente aterrador. Es como si el cuerpo femenino se viera como una mera fachada, desconectada de la persona que lo habita, como una figura publicitaria de cartón a tamaño real a la que uno le puede tocar el culo sin que pase nada por ello. Pues sí, sí que pasa.

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¡Ayuda! No sé pronunciar la ERRE

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Cuando era pequeña no sabía pronunciar la erre. Bueno, en realidad sigo sin saber pronunciarla, lo que pasa es que a lo largo de tres largas décadas he desarrollado un sofisticado sonido inédito en la lengua castellana que ha hecho que amistades y conocidos hayan llegado a pasar años sin darse cuenta. Hace poco un amigo que tampoco pronuncia la erre bien por fin se dio cuenta de mi fallo y se mostró admirado ante mis habilidades. Esto siempre me llena de orgullo, es que son muchos años de práctica.

Aunque pueda dar el pego temporalmente, mi pronunciación dista mucho de la perfección. En lugar de pronunciar la “R” fuerte (la de ramera y zorra) haciendo vibrar la lengua, lo hago de manera gutural, en la entrada de la garganta. Con lo cual el sonido lógicamente no es el mismo. La pronunciación es particularmente mala cuando aparece el sonido de la “R” doble varias veces seguidas y cuando tengo la boca seca.

Al parecer este problema se llama rotacismo y si persiste pasados los cinco años es aconsejable ir a un logopeda, ya que según este blog puede causar vergüenza, tartamudez, baja autoestima, reclusión social y tendencia a evitar las palabras que contienen el fonema /r/. Puedo confirmar que la tendencia a evitar las palabras problemáticas es real, yo misma lo hago en mis días malos. Por ejemplo suelo decir “contestar” en vez de “responder” o “solucionar” en vez de “resolver”. He de decir que esto no es algo que haga muy a menudo a estas alturas, mi apellido empieza por R y la letra de mi DNI también es la R, de modo que estoy bastante acostumbrada a enfrentarme a la vergüenza que supone pronunciar algo mal en tu lengua materna.

Afortunadamente a estas alturas de la película la vergüenza que paso es más bien poca. Siempre he trabajado de cara al público y jamás he tenido ningún problema, y cuando alguien no entiende mi apellido a la primera lo repito muuuuy despacio, como diciendo “¿qué pasa que no lo entiendes? ¿eres tonto o qué?” Puede resultar un truco muy infantil, pero a mí me funciona y gracias a él ya no lo paso mal dando mi apellido a desconocidos, cosa que antes me causaba bastante desasosiego, sobre todo si la conversación tenía lugar vía telefónica.

Por desgracia esto no siempre ha sido así. Fui una niña muy vergonzosa por motivos que no vienen al caso, y aunque esa vergüenza no estaba provocada por mi inhabilidad para pronunciar la letra erre, este problema no hacía más que intensificarla. En el artículo que he enlazado antes Mónica M. Bernardo apunta que:

el resto de los niños (y, por desgracia, algunos adultos) son muy dados a burlarse de aquellos que no pueden hablar correctamente.”

En mi caso las burlas llegaron de donde más duelen: de la familia. Unos tíos míos encontraban hilarante el hecho de que no supiera pronunciar la erre y aprovechaban cualquier reunión familiar para echarse unas risas a mi costa. Lo que más nerviosa me ponía (y me pone) es que los muy ignorantes no eran capaces de diferenciar entre los dos sonidos de la letra R (la diferencia entre caro y carro), y me pedían constantemente que pronunciara palabras que SÍ QUE SABÍA PRONUNCIAR, pero como son unos simples a ellos les daba igual y se reían como imbéciles. “Anda, venga, di ‘braga'”, me decían en nochebuena y demás fiestas de guardar. Y cuando contestaba que sí que sabía pronunciar esa palabra pero finalmente cedía ante su pesadez se descojonaban. “JUAJUAJUAJUAJUAJUAAAAAA”. A mí no me hacía ni puta gracia, y sigue sin hacérmela. Gracias a ellos siempre me he sentido muy identificada con Eliza Doolittle en My Fair Lady.

Eliza Doolittle, mi heroína, mi alma gemela.

Hay que ser un cretino de cuidado para burlarse de un niño por algo que no puede evitar. ¿Acaso me he burlado yo alguna vez de su hijo por tartamudo o por diabético? Pues no (nota: ellos sí). Pero ellos y su maldita familia política continúan pronunciando mi nombre como si tuviera una erre fuerte: “CHERRRRRRRRR HORRRRRRRRRRROWITZ”. Cuando me ven ponen una vocecilla estúpida que se supone que es graciosa pero no lo es y me dicen: “HOLA CHERRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR HORRRRRRRRRRRRRROWITZ!” Yo no les suelto ninguna bordería porque afortunadamente solamente tengo que aguantar esto una vez cada par de años y prefiero ignorarlo, pero el día menos pensado sacaré a relucir toda mi ira y lo contaré en este blog.

A raíz de esto yo deseaba con todas mis fuerzas pronunciar la erre correctamente, por eso pasaba horas en la cama a oscuras repitiendo “ggggga, ggggge, gggggi, gggggo, ggggggu”, “peggggggo”, “cagggggggo”, “gggggggamo” hasta que ya no podía más. Estos sentimientos de frustración con uno mismo son comunes, no hay más que echar un vistazo a los comentarios que deja la gente en los blogs que hablan de este problema, por ejemplo aquíaquí y aquí. Hay gente que ya tiene una edad realmente desesperada por no saber pronunciar esta letra, la que va después de la Q y antes de la S. Esto me produce una pena infinita porque estoy segura de que tienen a su alrededor a algún cretino descojonándose a la menor ocasión.

Hace poco me di cuenta de que por algún motivo sí que sé pronunciar la /r/ fuerte. A veces me cuesta mucho y a veces lo hago sin esfuerzo, pero el sonido está ahí. Lo que pasa ahora es que llevo tantos años fingiendo que pronuncio las palabras mal automáticamente y tengo que prestar muchísima atención para no caer en el error.

Espero que si alguien con problemas para pronunciar la erre lee esto mi historia le haga sentir menos solo y le recuerde que se puede convivir con el rotacismo, que es un problema menor y que no por pronunciar mal un sonido se habla peor.

peace

P.D. Si crees ser miembro de mi familia y te has reconocido en este texto espero que sientas vergüenza y remordimientos. Ningún adulto debería burlarse de un niño, y mucho menos a sabiendas de que esas burlas le están haciendo daño. Yo ya no soy una niña, así que, con todo mi cariño, os podéis ir a tomar por culo.

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No sé cómo ha podido suceder, pero me he enganchado a Velvet

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Es oficial me he convertido en mi madre. Estoy total y completamente enganchada a Galerías Velvet. Cualquiera pensaría que tras tantos años en la universidad analizando libros y películas una habría desarrollado cierto criterio cultural, la habilidad de separar el oro de la paja y todo eso, pero no, el sistema educativo no ha podido conmigo y en vez de engancharme a The Wire y su narrativa neovictoriana o algo así he terminado tragándome una telenovela de Antena 3. Para más inri, cuando intenté ver The Wire lo dejé en el segundo episodio alegando que para ver una serie de episodios de una hora prefería ver una película. Cada episodio de Velvet dura una hora y cuarto. Lo sé, lo sé… que venga la policía cultural y me arreste.

Galerías Velvet es, o más bien quiere ser, una especie de híbrido entre Mad Men y Downton Abbey. Se me ha escapado una risilla al escribir esto porque más bien parece un culebrón de los que se tragaba mi madre cuando yo era pequeña. De hecho, revisando el argumento de Cristal vemos que los puntos en común entre las dos series no son pocos, pero eso para otro día. Como Mad Men, Velvet echa la vista atrás unas décadas (Velvet empieza en 1958 y Mad Men en 1960), está ambientada en un lugar de trabajo relacionado con las tendencias de la época y muestra relaciones entre secretarias y jefes, pero aquí paramos de contar. Por otro lado, al igual que Downton Abbey y Arriba y Abajo, la serie juega con la dicotomía entre el mundo de arriba–el del glamour de las galerías, los jefes y sus insoportables y estiradas esposas–y el de abajo, el de las modistillas, los recaderos y los chapuzas. Todas las otras series reflejan los acontecimientos de su época, utilizándolos en ocasiones como hilo conductor de sus tramas. Tramas que, además, están pensadas para dar profundidad a sus personajes y hacerlos evolucionar, convirtiéndolos en seres psicológicamente complejos.

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Pues bien, nada de esto sucede en Velvet. Los personajes, sobre todo los protagonistas, son más bien planos y el trasfondo sociocultural de la época en la que se desarrolla la historia brilla tanto por su ausencia que, al ver Velvet, uno podría llegar a pensar que con Franco se vivía de putísima madre. Porque ya ves tú, con un trabajillo que ahora no daría ni para comprar yogures de hacendado antes daba para ir vestida a la última moda y para ir al bar casi todos los días a tomar unos San Franciscos. Todo eso sin problemas de dinero y sin pagar alquiler. A lo sumo te podía surgir algún problema gordo tipo aborto, muerte de un ser querido o similar, pero solamente si te llamabas Luisa, y como ese nombre ahora no se estila podemos concluir que en 1958 habríamos vivido como reinas y que ahora mismo en lugar de estar sentadas delante del ordenador con una toalla en la cabeza estaríamos de picos pardos sin una preocupación ni media más que nuestros males de amores, que eso sí que lo sufrían todas las que no se llamaban Luisa.

Además, como no tendríamos tele, pasaríamos el día escuchando una emisora de radio que solamente pondría canciones en inglés que nos resultarían sospechosamente familiares. Velvet utiliza música de librería en lugar de utilizar canciones de la época, lo cual resulta en una sensación de familiaridad y desconocimiento a la vez que me pone bastante nerviosa. Empiezan a sonar unas notas y pienso “¡anda! ¡Las Supremes!”, alegría que me dura los cinco segundos que pasan hasta que me doy cuenta de que no son las Supremes, sino una canción que se parece muchísimo a una suya. No tendría ningún problema con esto si no fuera porque en ocasiones esta música de librería cobra un protagonismo exagerado. Muchas escenas de amor y dramas victorianos son alargadas innecesariamente con la ayuda de estos falsos hits de los 50, tanto que más de una vez he tenido que apartar la vista de la pantalla de la vergüenza que me daba. Una cosa muy cutre, vaya, que digo yo que tampoco costará tanto hacerse con unas canciones de verdad con las que la audiencia pueda sentir una verdadera conexión. Lo mejor de esto es leer comentarios de gente desesperada porque ha googleado la letra de una canción de Velvet y no le salía en ninguna parte.

Lo cual nos lleva a la historia de amor de Alberto (Miguel Ángel Silvestre) y Ana (Paula Echevarría), una de las menos creíbles que he visto en mi vida. En realidad se trata del típico amorío de niño rico y chica pobre que es imposible debido a las expectaciones características de su clase social. Como esto no está lo suficientemente visto lo combinamos con el amor de la infancia que perdura toda la vida, porque todos somos tal como éramos a los 10 años. Una historia sensiblera llena de injusticias que hace que el espectador desee esa unión casi tanto como los personajes, o lo haría si no fuera porque no hay quien se la trague. Durante el último capítulo de la segunda temporada, emitido el lunes pasado, por fin tiene lugar el momento que la audiencia lleva esperando desde la mitad de la primera temporada; Alberto decide dejar de fingir ser un hombre felizmente casado y darlo todo por Ana sin importarle lo que piensen los demás. Un gesto muy digno si no fuera porque su declaración de amor es digna de un niño de once años recitando un poema delante de toda la clase. Vaya, que más que declararse al amor de su vida parece que esté quedando con alguien para darse de hostias después del colegio. Si a los problemas de dicción de Miguel Ángel Silvestre  añadimos que la Echevarría tiene dos registros–alegre y sonriente/triste con cara de pena–nos quedamos con una pareja protagonista que, aunque queda muy bien delante de la cámara, no da el pego.

Yo también me desmayaría si mi novio hablara así.

Yo también me desmayaría si mi novio hablara así.

Y para problemas de dicción los de Manuela Velasco, que hace el papel de Cristina, la mujercita de Alberto. Una pánfila niña rica que no se da cuenta de que su matrimonio es una farsa y no pone en duda que de un día para otro un tío pase de ignorarla completamente a pedirle matrimonio delante de todo el mundo. Quiero que Cristina me caiga bien porque el fin y al cabo es una víctima de su situación y está casada con un gilipollas, pero me resulta tan sumamente tonta que no puedo. Su manera condescendiente de dirigirse a todo el mundo, como si estuviera hablando con un grupo de niños de cuatro años con severos problemas de aprendizaje, hace que su personaje me resulte sumamente insoportable. No sé si esta chica se cree que hablar así hace que su actuación parezca más creíble o es que de verdad no sabe hablar de otra manera, pero es superior a mí. Además frunce tanto el ceño que parece la diosa interior de Anastasia la de las sombras.

Cristina, frunciendo el ceño durante toda la segunda temporada.

Cristina, frunciendo el ceño durante toda la segunda temporada.

En realidad los únicos personajes que se salvan de la serie son los secundarios. Cualquiera de ellos parece el mejor actor del mundo comparado con estos tres. Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que me haya enganchado a una serie en la que los protagonistas me caen gordos? Porque no es que haya visto algún capítulo de refilón, no. Tras ver medio capítulo un día mientras cenaba procedí a ver la serie desde el principio tan compulsivamente que en una semana y media pasé más de 24 horas viendo Velvet. En realidad hasta hace unas semanas ignoraba totalmente su existencia. Durante esa semana y media la serie dominó mis pensamientos, me despertaba pensando en ver un episodio al volver de trabajar, pasaba el camino al trabajo preguntándome si Alberto sería capaz de dejar a Cristina por Ana, me leí las páginas de wikipedia sobre los actores e incluso consulté un foro en el que se habla de la serie. Y lo peor es que realmente me gusta. Ahora los lunes son los días de Velvet y mi madre y yo nos llamamos durante los intermedios para comentar la jugada.

No me pasaba algo así desde el gran maratón de Gossip Girl del 2010. A veces cuando la vida te da un puñetazo en la cara y todo te parece una mierda lo único que puedes hacer es, como dirían los Weakerthans, ahogarte en las piscinas de otras vidas. Puede que gran parte de las cosas que te hacían feliz o te daban esperanza se hayan ido a la mierda en cuestión de días, pero al menos no tienes que confeccionar y probarte el vestido de novia de una tía insoportable que se va a casar con el amor de tu vida, no eres huérfana ni viuda, no has descubierto que tu difunto padre era un monstruo y sabes con toda seguridad que nadie se casará contigo por tu dinero porque no tienes un duro.

Esto a mí no me va a pasar.

Esto a mí no me va a pasar.

Pensar en los problemas y dramones de los personajes de esta serie hace que deje de obsesionarme con los míos. Pese a que desgraciadamente no los elimina, consigue minimizarlos al menos durante un rato, que ya es mucho en los tiempos que corren. Y aunque suene estúpido decirlo en público, engancharme a Velvet ha sido una de las mejores cosas que me ha pasado este año.

peace

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